Una multitud lo recibió como héroe en Montevideo. El presidente José Mujica acudió al aeropuerto a esperarlo (aunque se retito antes de su llegada por el retraso del vuelo). Analistas deportivos y comentaristas, incluido Diego Armando Maradona, expresaron su apoyo a Luis Suárez. En menos de 48 horas, los eternos rebeldes. Los guerrilleros “forever”. Los izquierdosos innatos habían transformado al ariete del Liverpool en una víctima. Un blanco de los intereses transnacionales. Un “hijo del pueblo” despreciado por los poderosos. El mandatario venezolano, Nicolás Maduro, llegó a señalar que al jugador le habían inventado un expediente porque había colaborado en “la eliminación de dos grandes de Europa”.
El propio Mujica calificó la sanción de nueve juegos y cuatro meses como un “ataque contra los pobres”.
Aplausos y loas. Cero críticas. No era la primera vez que Suárez utilizaba sus incisivos contra otro de sus colegas. En 2010, cuando vestía los colores del Ajax, Luis embistió el cuello del volante Ottmal Bakkal del PSV. La acción le valió una multa, cuyo monto no fue revelado, y dos partidos de suspensión. Tres años después, ya con el uniforme de los Reds, el nueve volvió a perder los estribos y mordió en el brazo al defensa del Chelsea, Branislav Ivanovic, una actitud que no solo le costó una nueva sanción monetaria, también recibió las críticas públicas de su entrenador, Brendan Rodgers.
La realidad es que no era la primera, ni la segunda ocasión en que Suárez incurría en este tipo de falta. Las autoridades no podían tolerar más esta situación. Se puede estar en desacuerdo con muchas de las políticas de la FIFA. Intereses de distintos tipos forman parte de esta organización desde hace mucho tiempo, por lo que las medidas que toma son ciento por ciento debatibles. Pero de ahí a que jefes de Estado caigan en una insultadera callejera o en señalamientos baratos, hay un abismo. Estas figuras, al igual que Suárez, son ejemplo. Representan a sus pueblos. No pueden darse estos “lujos paranoicos”. No pueden vivir en un perenne estado de persecución. La guerra fría acabó hace más de 30 años. El pasado es pasado y la política no debe enlodar al deporte, y menos a un evento como el Mundial fútbol.
Aquí el tema es que el sr Suárez violentó el fair play. No jugó limpio. Infringió las reglas del juego. “Mordió a otra persona”. Tan simple como eso. Cuando un niño uruguayo o venezolano muerda a otro en un partido de fútbol ¿Qué
dirán? ¿Con qué cara lo reprenderán? ¿Llamarán a los árbitros “manga de viejos hijos de puta” como lo hizo Mujica con los directivos de FIFA?
Por más irreverente, revolucionario o revisionista que se pretenda ser, la acción de Luis Suárez no tiene otra forma de verse, más que la de un futbolista que perdió una vez más las perspectivas y agredió a otro, y por ello merece ser sancionado. El rigor de la pena, obviamente es otro asunto para ser discutido.

Oscar Zambrano Quiroz

 

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