Fue un extravagante extraterrestre; un locutor que despertaba a todo Vietnam; un capitán, “mi capitán”; un padre demasiado infantil pero con inmenso amor por sus hijos; un niño atrapado en un cuerpo de hombre; el consejero del bueno de Will Hunting; enfrentó al capitán Garfio y besó a campanita; fue risas, sinónimo de humor y energía. Robin Williams fue eso y más, a lo largo de 40 años de carrera al frente de las cámaras, en los que acumuló éxitos en cine y televisión, así como en el stand up comedy.

Cuando surgió la noticia de su deceso -un suicidio- nadie podía creerlo. Menos cuando las causas del mismo estaban relacionadas con una profunda depresión, una condición con la que el actor lidiaba desde hace algún tiempo y a la que se le sumaba una dependencia alcohólica. ¿Cómo era posible que ese huracán de energía y carcajadas pudiera terminar de esa manera? Se preguntaba el mundo en las redes sociales. Sus amigos y conocidos, entre ellos Henry Winkler y Larry King, entrevistados en CNN, también se mostraban sorprendidos por el hecho. Ambos hablaban de la pérdida de un genio de la comedia y de un ser humano excepcional.

En los 90 los conquistó

Su registro histriónico sorprendió a propios y extraños. De la comedia física al drama más oscuro. Su talento siempre despuntó. A finales de los ochenta y durante toda la década de los noventa, los éxitos en la taquilla lo colocaron entre los preferidos de la audiencia: en el período 1986-1998, participó en ocho películas que recaudaron cerca de 200 millones de dólares cada una, destacando Mrs Doubtfire en 1993 (441 millones de dólares) y Hook en 1991 (300 millones de dólares).

El Olimpo de todo actor tampoco le fue esquivo. En su tercera nominación al premio de la academia se llevó la estatuilla a la mejor interpretación de reparto por la cinta de 1997, Good Will Hunting del director  Gus Van Sant.
En 2006, Williams mostró, junto a Ben Stiller, que los museos pueden ser más que visitas guiadas. Nigth at the Museum volvió a colocarlo en un Blockbuster, al recaudar 574 millones de dólares. Tres años después, repetiría el papel de Teddy Roosevelt, ayudando a colocar a la segunda parte de Nigth at the Museum: Battle of the Smithsonian,  en los primeros lugares de taquilla, con un total de 413 millones.

Para el público, Williams lo tenía todo, y al final no tenía nada. Fama, fortuna, amigos y la admiración de los fanáticos, parecen que no eran suficientes para el genio que optó por liberarse de las amarras y salir de la lámpara.
Sus seguidores y aquellos que lo recuerdan con cariño, aun tendrán la oportunidad de disfrutar de sus dotes histriónicas en los cuatro filmes que dejó por estrenar: Nigth at the Museum: Secret of the tomb, Merry Friggin Christmas, Boulevard y Absolutely anything.

Williams siempre será recordado por su labor y entrega al trabajo. La duda que deja es la de saber, cuánta de esa la alegría que emanaba era real o un reflejo superficial, una ilusión que funcionaba con los otros, pero que en él propio no surgía efecto. Si Williams reía con el público o simplemente lo hacía reír, poco importa, lo fundamental fueron las millones de sonrisas que robó y las lágrimas de provocó en la gran pantalla.

Los amantes del séptimo arte siempre le agradecerán su paso y la huella que dejó en ellos. Que existen nuevos “despertares” y que la línea entre la alegría y la tristeza a veces es imperceptible. Por todo eso, los cinéfilos y seguidores de la buena comedia, hoy solo pueden decir, “gracias, simplemente gracias Robin”.

Oscar Zambrano Quiroz

 

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